Paisaje histórico

リオ・デ・オロ

Un cauce esencial para comprender la evolución geográfica, defensiva, urbana y sanitaria de Melilla a lo largo de los siglos.

El río y su huella en la historia de Melilla

Del Río de Oro, principal cauce de Melilla, han escrito numerosos autores, destacando entre ellos el cronista oficial de la ciudad, Antonio Bravo Nieto, en su obra Cartografía histórica de Melilla. El autor subraya cómo determinados accidentes geográficos terminan siendo leídos también desde una perspectiva histórica, y cómo este río, pese a sus modestas proporciones, aparece reflejado de forma constante en la cartografía local desde el siglo XVI.

También denominado Uad Medduar, “el de las curvas o meandros”, el Río de Oro nace en el macizo montañoso del Gurugú y recoge aguas de la meseta de Taxuda y del pico Taquigriat. Su cuenca ronda los 85 kilómetros cuadrados y su curso, de apenas veintiún kilómetros, avanza inicialmente hacia el norte para girar después bruscamente hacia el este, en las cercanías del zoco El Had.

Ya en territorio melillense recibe diversos aportes: por la izquierda, el afluente del Tigorfaten, y por la derecha, los arroyos de Frajana y Sidi Guariach. Es precisamente en este tramo final cuando el cauce se ensancha formando una vega de gran relevancia histórica para la ciudad.

Las primeras referencias documentales aparecen en el siglo XVI. Un plano de 1564 mostraba su desembocadura como una amplia ría que ocupaba buena parte de la vega de Melilla. Esta representación pudo responder tanto a la realidad natural del momento como a una de sus frecuentes crecidas, fenómeno que marcaría profundamente la relación entre el río y la ciudad durante siglos.

En diferentes documentos de los siglos XVI y XVII, el cauce aparece descrito con distintos nombres: Río de Melilla, Río de la Olla e incluso, en 1692, río de la Plata. Sin embargo, sería la denominación de Río de Oro la que terminaría asentándose, vinculada a las “pintas” de metal precioso que, según algunas fuentes, aparecían en sus arenas y barros.

“El río de Oro es todavía uno de los elementos que define la realidad de la ciudad, y está presente en todas sus representaciones geográficas, mostrándose actualmente de continua actualidad.”

Crecidas, epidemias y defensa urbana

A pesar de su corto recorrido, el Río de Oro ha tenido históricamente un carácter torrencial que lo convirtió en un vecino peligroso. Las avenidas fueron frecuentes y ocasionaron daños sobre huertas, muros, fortificaciones y zonas habitadas. Ya en 1644, el sacerdote Juan Bravo de Acuña describía una gran crecida que arrasó viñas, árboles, tapias y cosechas en la vega.

Las noticias relacionadas con el río solían tener una carga negativa: inundaciones, estancamientos insalubres, epidemias y también problemas para la defensa de la plaza. Su morfología y la abundante vegetación de cañas favorecían las emboscadas y la construcción de ataques y trincheras en su margen derecha, utilizados para hostilizar a la ciudad.

La documentación histórica menciona igualmente la necesidad de acudir al río a cortar cañas, tanto para evitar que sirvieran de refugio a posibles agresores como para utilizarlas en labores de fortificación. En el siglo XIX esta tarea llegó a conocerse con el término cubano de “chapear”.

La proximidad de las aguas y los frecuentes estancamientos en la desembocadura favorecieron además la aparición de enfermedades. En 1754 se registró una epidemia de tercianas atribuida a las “emanaciones del agua del río”, y en 1847 se repitió una situación similar con las fiebres palúdicas.

El crecimiento progresivo de las playas y depósitos de arena junto al cauce también afectó gravemente a las fortificaciones del Cuarto Recinto, dejando desprotegido ese frente y obligando a proyectar nuevas obras defensivas.

La desviación del cauce y la ciudad abierta

Durante los siglos XVIII y XIX el problema del avance del río hacia la ciudad fue agravándose. Los ataques, macizos de tierra y plantaciones artificiales de cañas alteraban su curso final, desplazando lentamente las aguas hacia la margen más próxima a las murallas. Se temía incluso que las crecidas se utilizaran como estrategia para debilitar las defensas de Melilla.

En 1834, el ingeniero José Herrera García propuso ya la desviación del cauce, pero los proyectos se impulsaron con mayor decisión tras el establecimiento de los límites de 1862. El fin de la Melilla replegada y el inicio de la ciudad abierta exigían resolver este problema histórico.

El anteproyecto de desvío fue encargado al ingeniero Francisco Arajol y de Solá, quien en 1863 justificó la obra por razones sanitarias, defensivas y portuarias: evitar enfermedades por aguas estancadas, proteger las fortificaciones de las crecidas y reducir el cegamiento del puerto por sedimentos.

Las obras definitivas comenzaron el 22 de diciembre de 1871 y el 7 de marzo de 1872 las aguas ya discurrían por el nuevo lecho. El cauce, de 650 metros de longitud, fue construido en apenas 73 días. Sin embargo, ni siquiera estos trabajos lograron resolver por completo el problema, pues las grandes avenidas siguieron provocando inundaciones en distintas zonas de la ciudad.

Entre finales del siglo XIX y principios del XX continuaron documentándose graves desbordamientos, como los de 1884, 1886, 1899, 1906, 1909 y 1912. La tendencia natural del río a recuperar su trazado histórico siguió condicionando la planificación urbana y las soluciones técnicas propuestas por ingenieros civiles y militares.

Ya a comienzos del siglo XX se estudiaban medidas como nuevas canalizaciones, avenidas arboladas e incluso la posibilidad de cubrir el cauce para crear sobre él una gran avenida superior, idea que anticipaba soluciones urbanísticas posteriores.

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