Conociendo nuestro patrimonio Barrio de Medina Sidonia

Quizás para muchos este nombre resulte desconocido porque es más habitual referirse a él como Melilla la Vieja o más cariñosamente: “el Pueblo”.

Recorrer sus calles y plazas es viajar en el tiempo. Cada piedra cuenta una historia, de las muchas vividas por sus moradores en pasados siglos.

En 1753 el entonces comisario de guerra, Joseph de Ossorno elaboraba un padrón con todas las propiedades inmuebles que había en la Plaza. En este documento que se conserva en el Archivo Histórico de la Ciudad aparece la descripción siguiente:

“Las Noventa y siette Casas; veinte y seis cuebas; tres quartitos; y onze solares que hasta aquí van referidos, con más tres Almazenes de víveres; uno de Muniziones de Guerra; y un Corral para la Custodia de los Carneros: ocupa el rezinto deesta Plaza en figura de un Polígono irregular, teniendo por perímetro la Muralla real, yensu plan seallan las vaterias del torreon delas Cabras yeneste un almazenillo de polvora consu tambor; la florentina: S(an) Juan: las Maestranzas: S(an) Phelipe con su pequeño mirador oglorieta techada; la cortina, yen ella un quartel con su cozina para alomamiento de Artilleros; un quartito de tablas para el Reloj su Campana, yun repuesto de plvora consu tambor; La Concepcion, y ensu Rampa tres quarteles consus taquillas; el Almaznillo volado, yasu frente bajo el terraplen dela Muralla el Almazen Prinzipal dela Polvora, que oy esta descompuesto; los Torreonzitos y las garitas correspondientes.”

El historiador Francisco Saro Gandarillas en su libro Estudios melillenses: notas sobre urbanismo, historia y sociedad en Melilla describe un recorrido por el mismo:

“No hay duda de que el nombre de Medina Sidonia no ha tenido fortuna en el habla coloquial del melillense de hoy. Y no porque el apellido no lo merezca, pues en no vano aquel duque famoso fue el impulsor de la conquista de melilla hace ya una buena cantidad de años.

Sin embargo, acostumbrado desde siempre a llamar Pueblo o Melilla la Vieja al recinto alto de la ciudad, el acuerdo del Ayuntamiento republicano de poner el nombre oficial de Medina Sidonia a este ha quedado inoperante ante el hecho consumado de que la gente seguía mas por lo tradicional que por el oficial.

Tengo la impresión de que el cariñoso nombre de Pueblo dado por el común al barrio no se corresponde hoy día con un aprecio general por este, quedando, en mi quizá equivocada opinión, circunscrito a su apelativo vulgar sin que el interés pase mas allá de este protocolo.

El barrio dormita solitario y olvidado, sumido en un olvido creciente, sujeto de una indiferencia que debería ser preocupante al traducirse en un abandono generalizado por parte de todos.

Cada vez menor población y edificios en deterioro progresivo, tengo que pensar que su porvenir no se presenta nada halagüeño si un milagro o lo que es mejor, la voluntad expresa de la gente dispuesta a impedirlo no intervienen a tiempo de salvar un lugar recoleto y entrañable.

Un paseo por el achacoso barrio es ejercicio saludabilísimo para la mente y para el cuerpo. Sumergirse en el espíritu cuasi medieval de sus vetustas ruas; recorrer con buscado paso cansino las antañonas murallas pisando adarves inexistentes, escuchar el que sepa escuchar misteriosas psicofonías salidas de sus piedras venerables dejando volar la imaginación hacia el pretérito, son pruebas personales que puede hacerse consigo mismo para saber definitivamente si uno ha perdido toda la sensibilidad para apreciar el sabor del legado del pasado.

Se puede comenzar a andar desde la Puerta de la Marina. Donde antaño varaban los fabulosos hoy pueden aparcar los vehículos; en ambos casos, marcaba el momento en que es preciso conducirnos a nosotros mismos.

La Puerta de la Marina es una entrada sobria para un barrio desprovisto de todo barroquismo como corresponde a un lugar que sabe mas de privaciones y necesidades que de abundancias que no cuadran en un recinto hecho para defenderse de acosos, asedios y actos hostiles de los que no faltan en ninguno de los casi cuatrocientos años de apretada vida entre murallas.

Esta puerta puede ser un buen punto de inicio para nuestra peregrinación por el Pueblo. Puerta de la Marina, que conserva con apreciable detalle el espíritu de su construcción alla por 1796. Obra tardía heredera de aquella otra puerta, también llamada de la Marina, con su foso y su puente levadizo, para aislarla de los audaces y belicosos cabileños siempre con ganas de greña.

La puerta, hasta no hace muchos años quedaba oculta a los ojos del curioso por algunas destartaladas edificaciones; flaqueada por el cuartel de la Compañía de Mar su perspectiva se difuminaba engullida por las construcciones aledañas. Hoy, desembarazada de aquellas, unos árboles frondosos, que alguna mente poco sensible mando plantar, la ocultan a los ojos del publico.

Algo se ha mejorado con el cambio, pero personalmente opino no se si con corazón que los árboles pueden ser sustituidos con ventaja por pequeños arbustos de flor, o, en su defecto, por unos simples jardincillos, dejando libre la compacta estampa de la vieja puerta, antaño casi lamida por las olas que venían a morir a la playa al pie de las murallas, hoy separada del mar por unos cuantos metros de cemento, alquitrán y piedra.

Punto crucial en la defensa de la plaza por ser lugar de esperado ataque enemigo, se encuentra flaqueada a su izquierda por el Torreón de Cal que la defiende de un adversario inexistente, antaño insistente.

Su debilidad se acentuaba por el hecho de que los desembarcos de gente y material debían hacerse precisamente junto a la puerta, en el único y precario sucedáneo de puerto que entonces había y que mejor o peor conservado, mas lo último que lo primero, permaneció a lo largo de algunos siglos.

Otros desembarcaderos, como los de la Florentina y San Jorge, tuvieron vida mas bien efímera, peligroso el uno, de roca bravía, cegado por las arenas el otro, invadido por la tenaz insistencia del río de Oro.

Para defender punto tan importante de los fuegos inesperados del enemigo fronterizo, se construyo en 1973 la Batería de San Luis de la Marina; construcción tardía para una época en que el permanente asedio anterior comenzaba a ser sustituido por una hospitalización discrecional según el estado variable del humor cabileño.

A la derecha, bajo el torreón de San Juan, el fuerte de San Antonio de la Marina, bastante mas viejo y sin duda mas inoperante, defendía el desembarco de hombres y bagajes de no sabemos bien que peligro; quizá protegía los que se hacían ocasionalmente por el desembarcadero de Florentina.

De ambos ya no queda nada, derribados a finales del pasado siglo, el uno para la construcción del muelle civil, el otro para la del muelle militar, y estos dos, a su vez, tapados al construirse mas tarde de los muelles actuales. De todas estas viejas piedras solo la puerta de la Marina se levanta erguida a resguardo por el momento de la piqueta voraz.

Subida por la cuesta de la Marina, hoy con escaleras antaño rampa empedrada, es ciertamente penosa para quien ha perdido el habito de las alturas, pero no lo suficiente para desdeñar visitas mas frecuentes al barrio.

A medida de que, con pasos cortos y cansados, con la mirada fija en el suelo secular y secularizado, atravesamos el túnel de la Marina, nos vamos distanciando del siglo presente para penetrar en un mundo indefinido con matices extraídos de los siglos XVI al XVIII.

Algunos de los disparates que se han hecho con varias edificaciones del Pueblo no son suficientes para oscurecer la impresión que produce un conjunto urbano que conserva sin apenas variaciones de la misma disposición en sus calles que la existente hace tres siglo o incluso mas tiempo.”

[Bibliografía: Francisco Saro Gandarillas. Estudios melillenses: notas sobre urbanismo, historia y sociedad en Melilla . Consejería de Cultura. Melilla.1996]

 

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