Conociendo nuestro patrimonio Hospital de la Cruz Roja (I)

Enclavado en un amplio solar del barrio de Concepción Arenal, es actualmente sede de las dependencias del área económica de la Ciudad Autónoma de Melilla.

Un edificio que fue proyectado en origen para Grupo Escolar guarda, sin duda alguna, una historia apasionante que iremos conociendo gracias a lo que sobre él se ha publicado en épocas pasadas.

El cronista oficial de la ciudad, Antonio Bravo Nieto, le dedica unas líneas en su obra La construcción de una ciudad europea en el contexto norteafricano.

“El proyecto más ambicioso de La Gándara fue sin duda el Grupo Escolar de Alfonso XIII, edificio construido para fines docentes pero que fue inaugurado como hospital de la Cruz Roja.

Se trata de una obra de cierta envergadura concebida con monumentalidad y para la cual la Gándara se alejó completamente del modernismo que monopolizaba por entonces la ciudad y asumía totalmente un aire ecléctico; por eso desarrolló un sobrio juego de masas y volúmenes que buscaba lo ornamental en la combinación del estuco (esgrafiado de sus fachadas), con el uso del ladrillo visto (algunas de sus partes sustentantes: jambas, pilastras, arcos de los vanos, etc.

El edificio adoptaba la morfología de un gran cuerpo rectangular de varias naves y otro cuerpo perpendicular a éste. En la fachada principal se abría un atrio torreado sobre columnas, ofreciendo una original y diversificada disposición de los vanos, que adoptaban la forma de grandes ventanales, vanos segmentados, compartimentados, galería de estrechas ventanas en hilera, etc.

Todos estos elementos son extraños en el mundo formal melillense, y representaron por tanto una innovación con respecto al ambiente formal imperante en la ciudad, de ahí su valor y originalidad.”

Francisco Saro Gandarillas también ha escrito sobre este centro sanitario:

“El hospital de la Cruz Roja: historia de una metamorfosis

En uno de mis habituales paseos en las perezosas tardes del verano de 1979, a poco de mi llegada a Melilla, me topé con un edificio de inequívoca traza familiar, cuya fachada, a la particularísima luz de la tarde melillense me recordó casi al instante otros edificios de similar estructura y construcción observados en alguna otra ciudad española.

El edificio ante mis ojos era evidentemente un hospital, pero el recuerdo, archivado en lo profundo de mi memoria inconsciente, no lo asociaba con ningún otro parejo dedicado a actividades sanitarias.

El hecho me intrigó y, como de costumbre, me tomé la agradable molestia de investigar el caso que, como puede comprobar más tarde, no podía estar más claro.

En 1914 el déficit de plazas escolares en Melilla se podía estimar en un cincuenta por ciento. La precaria existencia de las escasas escuelas públicas existentes se basaba exclusivamente en la habitual falta de asistencia a clase de más de la mitad de la población en edad escolar. Para una población en expansión se hada perentoria la construcción inmediata de escuelas.

Entonces era presidente de la Junta de Arbitrios el general D. José Villalba Riquelme, llegado a Melilla de coronel durante la campaña del Kert y que continuaba como Gobernador militar después de su ascenso a general. Cinco años más tarde seda ministro de la Guerra, continuando también muy vinculado a la ciudad que le dedicó una calle en el barrio del Real.

El general Villalba tuvo la oportunísima idea de construir un grupo de escuelas mixtas con el objeto de solventar en parte la carencia de puestos escolares. Estaba de suerte, pues en aquel momento contaba con la ayuda inestimable de un auxiliar eficaz en la persona del capitán de Ingenieros D. José de la Gándara, ingeniero de la Junta de Arbitrios y uno de los hombres que mejores ideas han tenido en pro de la ciudad, resultando por ello extraño que no tenga ninguna calle dedicada a perpetuar su recuerdo, mientras otros personajes de mucha más efímera fama adornan las esquinas con su nombre.

Encargado por Villalba de la confección de un proyecto de Grupo Escolar para escuelas graduadas mixtas, José de la Gándara lo terminó en corto espacio de tiempo. Pensado para 252 alumnos, divididos en seis secciones, se basó para su realización en las instrucciones sobre arquitectura escolar dadas por el Ministerio de Instrucción Pública, vigentes para toda España, a las que de su propia inventiva varió en pequeños aspectos adaptándolo al clima melillense. Esa era la razón por la que el edificio me resultaba familiar, al ser similar a otros grupos escolares existentes en otras ciudades y pueblos españoles, todos levantados sobre un mismo patrón.

El 6 de enero de 1915 se colocaba la primera piedra con todo el ceremonial acostumbrado en aquellos casos, si tenemos en cuenta la época, propicia .más que hoy a grandes rituales cristianos y paganos en inauguraciones y otros actos del mismo corte.

Bajo la presidencia del entonces Comandante General D. Francisco Gómez Jordana, se colocaron bajo la piedra las habituales monedas de plata, los últimos periódicos y el acta de rigor para que nuestros nietos se queden asombrados del lejano día en que la piqueta de por tierra con las venerables piedras del edificio.

El edificio estaba pensado para asombrar a propios y extraños. Además de las aulas debla contar con un magnifico grupo de baños y un amplio comedor. Sin duda, y en eso estaban de acuerdo todas las fuerzas vivas de Melilla, estada a la altura de los mejores de España.

Pero el proyecto se pone en marcha en Melilla. La escasez de recursos, la detención de las obras tanto oficiales como privadas, la coincidencia con uno de los peores momentos para su iniciación. La crisis provocada por el comienzo de la primera guerra mundial alcanza también a paralización de las operaciones en Marruecos, y como consecuencia de todo ello, la ralentización del comercio e industria, traen consigo a su vez que las arcas de la Junta se vean cada día más vacías, apenas suficientes para atender a los servicios más perentorios.

La obra se encontró al principio con dificultades técnicas no previstas debido a la gran cantidad de agua encontrada en el subsuelo, dándose la circunstancia de haberse emplazado sobre el antiguo cauce del río de Oro. Esto hizo que se encareciese por encima de lo previsto. Con grandes esfuerzos económicos se pudo conseguir que en mayo del año siguiente quedara techado el edificio; sin embargo no fue posible continuarlas y las obras tuvieron que ser paralizadas.

En ese mismo año, Carlos de Izaguirre, consignatario y bienintencionado vocal de la Junta de Arbitrios tuvo la desdichada idea de proponer que el edificio fuese dedicado a domicilio social de la Junta; idea que estuvo defendiendo contra viento y marea durante todo un año. Afortunadamente, el buen sentido del resto de los vocales, y el hecho paralizador de que aquella, por su carácter de extraño hibrido cívico-militar, no podía tener propiedades, aconsejó no dedicar al Grupo Escolar a otra cosa que a aquella para lo que había sido levantado, prefiriendo seguir abonando el alquiler por los locales ocupados en la casa de Salama.

Las obras se reanudan, terminada la guerra mundial, en diciembre de 1918, una vez que poco a poco se va normalizando la actividad económica y la Junta dispone de ingresos suplementarios, aunque la crisis se sostuvo algunos años más, prácticamente hasta el comienzo de la campaña de 1921.

Se continuó con la adecuación de locales y aulas, pintura interior, estucado de la fachada, torre central y, como lógico y triunfal remate, la colocación de un magnifico reloj, de cuya existencia pasada nos quedan hoy los huecos que cubre el popular emblema de la Cruz Roja

La fachada quedó rematada en enero de 1919 y el reloj, final de obra, en agosto siguiente. Mientras se remataba el edificio, con tierras extraídas del desmonte del cerro de Santiago (donde hoy está la mezquita del Polígono) se rellenaban 18.000 metros cuadrados de terreno entre aquel y el cauce del río de Oro con la intención de dedicarlo a Parque escolar.

Por aquellos años estaba de moda la magnífica obra pedagógica del Padre Manjón, creador de las Escuelas del Ave María. No es de extrañar, pues que tanto el general Villalba, como sus sucesores el general Arraiz de la Conderena y el general Monteverde tuvieran la intención de dedicar el Grupo escolar a escuelas manjonianas; especialmente el general Villalba tuvo tal empeño que incluso se acercó por Melilla desde Granada un representante del Padre Manjón que entregó a la Junta una memoria asesorándola sobre las necesidades de una escuela de aquel tipo.

Para comenzar la actividad docente solamente era preciso dotar al Grupo del material necesario. Y eso ya era otra cuestión muy diferente. La Junta entendía que ella con la construcción del edificio ya había hecho bastante y que el mobiliario y demás elementos debían correr por cuenta del Estado; pero el Estado, claro está, no tenía previsto medios económicos para una inversión como aquella, por lo que aducía que era la Junta quien debía encargarse del mobiliario. En esta esgrima dialéctica se pasó una buena temporada.

En el ínterin, y mientras se arreglaba convenientemente el vetusto local de la calle Medina sidonia, la escuela de dibujo tomó prestado uno de los locales del Grupo Escolar por lo que apresuradamente hubo que dotar a este de electricidad. También la Academia oficial de árabe consiguió que se le cediera, con carácter momentáneo, uno de los locales. Los primeros nubarrones se cernían sobre el futuro de las Escuelas Graduadas. Todo sabemos que tradicionalmente lo provisional ha tendido a hacerse definitivo en Melilla. Como síntoma premonitorio, el gran espacio de terreno que se iba a destinar a parque escolar junto al edificio se cede, en noviembre de 1919, para la instalación de los viveros de la Sección de Obras de la Junta de Arbitrios.

Mal que bien, a principios de 1921 el Estado cede y concede una dotación para menaje y material disponiendo la designación del profesorado conveniente.

Y en esa espera, y cuando todas las dificultades parecían vencidas, llega el 22 de julio con todas sus consecuencias. Entre ellas, la escasez de hospitales.

En esa fecha todos los hospitales existentes en Melilla eran militares. Con carácter excepcional, Guerra facilitaba asistencia hospitalaria al personal civil en el lóbrego centro de la plaza de la Parada, con cargo a la Junta de Arbitrios, y casi siempre para gente necesitada. Era orácrica corriente que la asistencia fuese domiciliaria con la gran cantidad de inconveniente que ello llevaba consigo. Las voces clamantes por un hospital civil databan de antiguo. ¿Qué hubiese ocurrido si la autoridad militar hubiese dispuesto que no se facilitara asistencia al personal civil en centros sanitarios militares?

Hubo un proyecto, primero que yo conozca, por el año 1906; a cargo del entonces ingeniero de la Junta capitán Redondo, para levantar un hospital civil en los alrededores del fuerte de Maria Cristina. Incluso fue aprobado por aquella en sesión del 28 de agosto de 1907. Quizá se pensaba que la saludable altura en combinación con los servicios gratuitos de ese permanente medicamento que es el poniente aconsejaba la instalación del hospital en un lugar tan insólito. El proyecto quedó, como otros muchos que en Melilla han sido, en buenas intenciones.

La cantinela sobre la necesidad de un hospital civil apropiado viene a ser un constante estribillo durante casi un siglo. En 1918 los médicos civiles en pleno claman por un hospital civil urgente. Cuatro años más tarde se vuelve a insistir sobre el mismo tema y así sucesivamente hasta nuestros días.

Con la campaña de 1.921 todos los hospitales militares fueron pocos. El Docker, el Alfonso XIII, el Gómez Jornada, la Enfermería Indígena, el Central, todos ellos estaban a tope.

Es preciso habilitar como hospital el Casino militar de la Avenida, el local de exposiciones de los Centre Hispano-Marroquíes; se añaden nuevos barracones a los existentes; se destina a hospital el cuartel de Santiago al completo; se rehabilita el cochambroso de la Alcazaba y, lo que no deja de ser curioso se levanta un hospital pan palúdicos junto al fuerte de Reina Cristina, precisamente donde no se levantó aquel hospital civil aprobado en 1907.

A finales de julio, la Duquesa de la Victoria, a la que podemos denominar embajadora extraordinaria de la Cruz Roja escoge el Colegio de los Hermanos para hospital de campaña, primero de la Cruz Roja en Melilla. No es suficiente para atender la enorme cantidad de heridos y a toda prisa, hay que habilitar el único local disponible en aquel momento.

El 30 de julio comienza la transformación de las Escuelas Graduadas en Hospital de 200 camas, precisamente en un momento en que se piensa destinar el edificio a Instituto General y Técnico recientemente creado en Melilla. El edificio evidentemente no reunía las condiciones (entonces, desconozco las actuales) para ser un centro sanitario. Sin embargo de la noche a la mañana se metamorfosea en un Hospital por todo lo alto y la ciudad en pleno se vuelca facilitando medios para que el centro funcione.

Gracias a la labor de la Duquesa es el hospital con mejor fama en la ciudad. Los heridos piden que les lleven al hospital “provisional” del Grupo Escolar, medrosos de que los internen en el destartalado Docker, de pabellones de madera, que había cumplido su cometido en la campaña anterior pero que en ese año se conservaba en estado muy precario, estando aprobado un proyecto para sustituir los barracones de madera por otros de mampostería.

Pero una vez más lo provisional se convierte en perenne. En octubre de 1922 se termina un proyecto de hospital civil junto al edificio de las escuelas. Pasados ambos a la esfera civil, se habla sentenciado para siempre al viejo proyecto escolar. Sin duda el cambio pudo ser peor. Transformar una escuela en hospital es lo menos malo que puede ocurrirle. Como compensación, no sé si suficiente compensación, en el mismo año se aprueba el proyecto del capitán Carcaño Mas para la construcción de escuelas en Ataque Seco.

Una escuela desaparecía, otra nada y el peculiar centro hospitalario se mantenía hasta hoy, no sin grandes polémicas como estamos viendo hoy y, probablemente, seguiremos viendo.”

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