Conociendo nuestro patrimonio Retiro de San Benito a Sabiaco

Si importante es nuestro patrimonio arquitectónico y escultórico no menos valor tiene el pictórico. A pesar de no ser muy amplia la pinacoteca municipal si cuenta con obras de gran belleza.

El historiador Sergio Ramírez nos adentra en el conocimiento de esta pintura anónima de tema religioso enmarcada cronológicamente en los últimos años del siglo XVII (1670-1700)

En ella aparece representado San Benito de Nursia, fundador de la Orden Benedictina:

“Si llama nuestra atención una obra ubicada fuera del contexto religioso y con una calidad más que contratadas. Hablamos del lienzo que cuelga en las estancias interiores del Palacio Municipal de la plaza de España, del que desconocemos cuándo y las razones por las que llegó a Melilla.

Adquisición, donación particular o movimiento coyuntural podrían dar razón de ser a su pertenencia al patrimonio de la ciudad, en tanto que un mejor conocimiento de dichos motivos ayudaría también a esclarecer sus peculiaridades artísticas.

Lo que se descarta en todo momento es su vinculación en origen a este municipio norteafricano. Su tamaño y temática no coinciden con la dinámica artística de iglesias y ermitas de poblaciones menores, y solo tendría sentido al integrarse dentro de ciclos y programas pictóricos de cierta complejidad, en edificios conventuales de órdenes muy concretas.

Pocos datos se han debido tener sobre la pieza en cuestión- se le incluyó en su marca una placa con referencia a la temática y autoría, sin correspondencia con la realidad. Según la inscripción, el lienzo fue pintado en el siglo XVII por uno de los miembros de una conocida sagas de artistas de origen italiano, fray Juan Andrés Ricci, quien representaría en este el capítulo de la Cena de San Benito.

A nuestro entender dicha información responde a reflexiones precipitadas de quien desconoce las circunstancias de la obra y decide busca un vínculo a través del tema expuesto.

En otras palabras, el enlace directo entre el reflejo de San Benito a la mesa de la pintura melillense, y la conocida Cena de San Benito del mencionado Ricci (h. 1660) sita en el Museo del Prado. Es verdad que las fechas de ejecución de uno y otro podrían estar cercanas y que Ricci dedicó su vida a pintar historias benedictinas, pero el tratamiento estético de las figuras, objetos y contexto dista ciertamente de mostrar concordancias.

Y qué decir del asunto representado en el lienzo objeto de estudio. La supuesta Cena de San Benito no lo es tal, sino que manifiesta un episodio biográfico de sus primeros tiempos como religioso, afrontado de una manera un tanto especial.

Esto es, mediante un doble registro compositivo capitalizado- en primer término- por San Benito sentado a la mesa con una hogaza de pan en la mano, mientras que utiliza la otra para llamar la atención del espectador señalando el hueco abierto en un lateral de la habitación.

Allí, en segundo término deja entreverse la figura de un fraile asiendo una cuerda que desplaza hacia abajo, en presencia de un maléfico ser en forma de ave. Se trata del pasaje en el que el santo marchó a Sabiaco para experimentar la soledad humana en compañía de la madre naturaleza.

Retirado en una cueva durante tres años solo supo de su situación el monje Román, de la regla del abad Adeodato, quien el acercaba periódicamente un trozo de pan que sustraía a escondidas de la cocina de su monasterio. El cual tenía que dejar caer con una cuerda y una campanilla desde lo alto de una peña, debido a lo abrupto del lugar y la dificultad de acceso de la gruta.

Cuentan los relatos habiográficos sobre nuestro protagonista que, en una ocasión, el Maligno- corroído de todo buen sentimiento- hizo romper la soga que conectaba a ambos personajes, aunque no consiguió en ningún momento que el monje Román desistiese de su cometido.,

Momento culminante que es el que se muestra en el segundo plano de la pintura y al cual se supedita el primero bajo un esquema armónico y decoroso, haciendo buena la recurrida técnica del cuadro dentro del cuadro.

Debemos entender, que la figura de San Benito no se dispone a iniciar la comida, sino que toma el pan como pretexto para poner en antecedente sobre una historia de carácter místico y penitencial, y con una intención didáctica y moral sujeta al modus vivendi de los monjes benedictinos.

Si pudiéramos definir la pintura en una sola palabra esa sería sobriedad. Sobriedad compositiva a partir del eje central que traza la columna, vestimentas y el bodegón zurbanesco, cuyas calidades texturales tratan de ser lo más real posible.

Qué decir del tratamiento tenebrista de la luz y la preponderancia de colores apagados, ideales para la plasmación de la perspectiva aérea. Lo que unido a la dulzura con la que se definen los rostros, no lleva a pensar en una obra del último tercio del siglo XVII (h. 1670-1700) llevada a cabo en talleres del círculo madrileño).

[Bibliografía: Sergio Ramírez González. El triunfo de la Melilla barroca. Arquitectura y Arte. Fundación Gaselec.2013]

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