Conociendo nuestro patrimonio Murallas de Melilla la Vieja

Tras la llegada de Pedro de Estopiñán a Melilla una de las primeras obras que se acometieron fue la fortificación de la Plaza. Era extremadamente necesaria asegurarla de los más que posibles ataques desde el campo exterior. Grandes ingenieros fueron los directores de estos trabajos canalizados a través de diferentes Planes.

Dos grandes expertos en fortificaciones como Jesús Miguel Sáez Cazorla y Antonio Bravo Nieto, nos ilustran sobre las murallas en algunas de sus publicaciones:

“El origen de las murallas de Melilla hay que buscarlo en la factoría fenicia de Rusaddir. Ésta se transformaría después en ciudad púnica y destacaba como oppidum (fortaleza), contando a mediados del siglo I a.C. con un circuito de murallas que, al menos, tenía dos puertas principales.

Su importancia permaneció en los primeros siglos de la era cristiana, llegando a ser colonia romana. Posteriormente esta ciudad clásica y sus murallas languidecieron y se pierde su memoria histórica, hasta que fue reconstruida entre finales del siglo VIII y mediados del IX, renaciendo brillantemente en el X.

En el 927 el califa omeya de Córdoba Abderraman III construye una potente muralla de piedra, convirtiendo la ciudad en una base estratégica de apoyo para su escuadra mediterránea.

Desde entonces Melilla y Ceuta (ocupado ésta en 930) serían respectivamente la primera y la segunda llaves del estrecho para los Omeyas. El Bekri en el siglo XI describe esta Melilla andalusí como una ciudad antigua rodeada de una muralla de piedra y defendida por una fortaleza inexpugnable.

Esta idea de ciudad fortificada es también la que transmite un siglo después El Idrissi, que la presenta como ciudad bonita de tamaño mediano y rodeada de estas potentes murallas califales.

Aunque en 1204 los almohades reedificaron sus defensas incorporándose una torre albarrana de planta octogonal, durante los siguientes siglos, y sobre todo en el XV, la ciudad languidece y sus murallas son descuidadas.

Las disputas dinásticas y la caída del comercio provocan su decadencia y posterior abandono. En este contexto se produce el interés de los Reyes Católicos en ocupar la vieja fortaleza semidestruida, hecho que ejecuta en 1497 el duque de Medina Sidonia enviado a realizar la acción a su comendador Pedro de Estopiñán Virués, acompañado por el ingeniero Ramiro López.

Murallas medievales

El primer dibujo conocido de estas murallas medievales data de 1540 y en él se refleja el desembarco realizado por los españoles en las playas arenosas al sur del promontorio.

La imagen nos muestra a los operarios que comienzan los trabajos de reconstrucción de las murallas, montando “un enmaderamiento de vigas que se encasaban, e tablazón que llevavan hecho de España e travaxaron toda aquella noche de lo hazer e poner a la redonda de la muralla derribada…, é asentados los maderos por sus encases, é clavadas las tablas, quedaron hechas almenas trecho en trecho…”

El coste de estas obras fue de “…doze cuentos (millones) de maravedises solamente reedificar Melilla de muralla, cava e barrera…”

A los pocos meses de su ocupación, en 1498, un interesante documetno del Archivo General de Simancas nos indica que sus murallas formaban un perímetro irregular de unos 1.255 metros, que encerraba en su interior una fortaleza de unos 27.270 metros cuadrados. “E trabaxando en las obras, acabaron de reparar los adarves e torres, por la parte de la tierra atravesaron de la una a la otra una gran cava –foso- é sobre ella una puente levadiza, por donde se sirven de la puerta de tierra”.

Ese mismo año, los Reyes Católicos y el duque de Medina Sidonia firmaron el Asiento de Alcalá de Henares donde se acordó continuar con las obras de fortificación de Melilla aportando otro millón de maravedises más, para consolidar los muros con artillería y construir torres.

En estos primeros años se iban a diferenciar claramente en la fortaleza de Melilla dos núcleos o recintos amurallados contiguos, la Villa Nueva situada en el peñón rocoso y la Villa Vieja, situada a sus pies.

En el período que corre de 1500 a 1515 se continuaron las obras, levantando lienzos de murallas y torres con almenas en ambos recintos, tasándose el coste total de los trabajos en casi 230.000 maravedises.

La Fortaleza del Renacimiento

Desde 1515 a 1556 transcurre un período fundamental para la ciudad, porque fue en estos años cuando se consolida casi definitivamente la forma de la Villa Nueva, también denominada Primer Recinto.

Entre 1525 y 1526 se produce el repliegue de la población de Melilla a esta Villa Nueva, porque el emperador Carlos I decidió reducir el perímetro de la fortaleza. Para ello firmó la Capitulación de 1527 y envió a Melilla al ingeniero Gabriel Tadino de Martinengo para que organizara las obras. “Se trabajó una fortaleza en lo más eminente del recinto… en donde antiguamente estaba el castillo”, centrando sus esfuerzos en el llamado Frente de Tierra.

A partir de entonces, diversos ingenieros continuaron lo iniciado por Martinengo; en 1529 era Juan Vallejo el que consolidaba la zona de las Puertas y en 1533, Miser Benedito de Rávena revisaba los trabajos del Frente de Mar, obras que ejecutaría el maestro mayor Sancho de Escalante. Para 1541 el ingeniero encargado del trabajo era Francisco de Tejada.

En 1549 llega a Melilla un nuevo y prestigioso ingeniero, Miguel de Perea, con la misión de finalizar los trabajos de configuración del Primer Recinto. Perea reconstruye todo el Frente de Tierra, la casamata y puerta de Santiago con su foso y la capilla del mismo nombre. A su muerte, ocurrida en 1551, nuevos ingenieros como Francisco de Medina o Juan de Zurita finalizaron este programa de obras.

Para 1556, el Primer Recinto estaba ya en la forma en que podemos observarlo hoy día, con sus murallas defendidas por doce torreones cuya forma y tipología, cilíndrica y elíptica, obedecen a la escuela de transición del medievo a la fortificación renacentista moderna, parecidas a las que en 1527 dibujó Alberto Durero en su tratado sobre fortificación.

Realizado ya lo fundamental de sus murallas, restaban por construir otras obras y edificios imprescindibles en su interior, caso de los almacenes y los aljibes…

Fueron estos años de mucho trasiego en torno a la laguna de la Mar Chica junto a Melilla, porque en ella se refugiaban piratas turcos y argelinos. Por ello Felipe II pensó en su fortificación y envió a sus ingenieros para que lo estudiaran, aunque finalmente no se hizo nada.

Es en este momento cuando se construyen los fuertes exteriores de la ciudad y se firma el Tratado de Paz y Protección de 16 de noviembre de 1557, suscrito entre las autoridades de Melilla y la población de la Alcalahia (región de Kelaya o Ikelaia) por el que se reconocía la autoridad española sobre la región circundante.

Estos fuertes de San Lorenzo, Santiago, San Francisco, San Marcos y Santo Tomás facilitaron el control de los alrededores de la ciudad y durante mucho tiempo resultaron de gran efectividad ya que permitieron controlar las huertas y pastos exteriores.

Las necesidades de reforma del setencientos

Desde la mitad del siglo XVII se inicia un período caracterizado por los continuados ataques del sultán Muley Ismail a Melilla, que mantendría a la ciudad sitiada durante cincuenta años.

Ante la falta de medios económicos no se iniciaron obras nuevas pero si se repararon todos sus muros y torreones. La necesidad fue realmente apremiante porque ante los ataques se fueron perdiendo todos los fuertes exteriores construidos durante el siglo anterior.

Aunque los diferentes gobernadores repararon en lo posible las murallas de la Villa Vieja, sus muros no estaban preparados para soportar la presión de un ejército moderno. Y ello a pesar de las reformas que el ingeniero Octavio Meni realizó en todos los fosos de la ciudad.

Las verdaderas reformas en las fortificaciones de Melilla se hincan en 1687…”

De estos mismos autores, junto a Salvador Moreno Peralta es la obra Melilla la Vieja. Plan Especial de los Cuatro Recintos Fortificados. En ella dedican algunos epígrafes al amurallamiento de la Plaza:

“Estado de Melilla y primeras obras

Disponemos únicamente de datos dispersos sobre la melilla Prehispánica, señalemos que era una villa amurallada que se desplegaba por una altura o cerro y por un peñón rocoso que se prolongaba en el mar, y que tuvo cierta importancia comercial.

El asentamiento español se realizó ocupando esta ciudad y haciendo dentro de ella una muralla y un pequeño foso “de mar a mar”, por la parte más estrecha del peñón (precedente del posterior foso de los Carneros)…

… El sistema utilizado en un principio para fortificar fue el de “Cava y Barrera”, consistente en unos lienzos desmontables de madera pintada que, siendo construidos previamente, se encajaban luego con gran rapidez en el lugar elegido; en cuestión de horas podía montarse una muralla provisional como primera defensa.

Posteriormente se fueron realizando las obras ya definitivas de murallas sobre la base anterior. Dentro del recinto amurallado se construyeron y rehabilitaron viejos edificios de la antigua ciudad para cubrir las exigencias y funciones que fueron determinadas por los nuevos tiempos…

Con el fin de asegurar la reconstrucción de Melilla, los Reyes Católicos firmaron el denominado Asiento de Alcalá de Hernares, fechadao el 13 de abril de 1498 donde libraron al duque de Medina Sidonia un “un cuento” (millón) de maravedises para los trabajos que se debían hacer en Melilla: iglesia, casas, baluartes, torres y amurallar la ciudad por <la parte de la mar lo que fuese menester>. Esta cantidad de dinero fue extraída de las rentas de las ciudades de Sevilla y Jerez de la Frontera.

Como al año siguiente poco se había hecho de todas estas obras, Fernando el Católico hubo de recordar al duque la necesidad de emprender la reconstrucción de Melilla, por lo que éste en persona acudió a la ciudad para supervisar los trabajos…

Tipo de muralla

El sistema utilizado en la fortificación de este período, era de tipología medieval, pero con algunas adaptaciones que reforzaban las murallas para soportar baterías artilladas: los muros eran por entonces más anchos, con terraplenos, y se excavaban fosos. De todos modos, persistían todavía elementos heredados del medievo, como los pequeños torreones circulares y las almenas…

1667-1687: La ciudad bloqueada y las primeras obras en sus murallas

El último tercio del siglo XVII en Melilla estuvo marcado por una presión bélica creciente que fue la principal causa de las penalidades y estrecheces que sufrió la plaza.

Pero el rasgo más característico, y que va a configurar todo este período, fue las continuas obras de fortificación que intentarían, con escasos medios, mantener el recinto amurallado de Melilla en buen estado de defensa: también fue determinante la pérdida de todos sus fuertes exteriores.

En 1670 se sufrió un ataque que tuvo como consecuencia la pérdida del fuerte de San Pedro de la Albarrada. Ante este peligro se enviaron refuerzos desde la Península de la mano del Conde de Frigiliana y se salvó la situación por el momento…

Este Gobernador [José Frías] también reedificó las murallas de la Alafía (que medían 400 varas), sustituyendo los muros de tapial por piedra, construyendo torreones y repasando sus adarves y banquetas: la muralla sería de tres varas de ancho y diecinueve de alto, pero no estaban terraplenadas.

El Primer Recinto estaba formado por las murallas del siglo XVI, de mezcla, cal, arena y piedra “franca” de “sillería blanca labrada de famosa calidad, aunque por algunas partes el tiempo va venciendo…

… En 1699 se estudió realizar, por fin, el primer proyecto importante de reforma de las viejas murallas de la Alafía. Se pretendía crear por delante de la puerta del Campo una obra abaluartada- especie de hornabeque- para defensa de dicha puerta, de la entrada a la Mina Real y flanquear el lienzo de muralla hasta San José Bajo.”

Durante los siglos XVIII y XIX también se acometieron obras de fortificación que afectaron al perímetro amurallado de la ciudad.

[Bibliografía: Jesús Sáez Cazorla, Antonio Bravo Nieto.Breve historia de las fortificaciones de Melilla. Guía histórico, artística y turística de Melilla. Editorial Everest.2002]

Menú